La muerte y sus tradiciones

 

Martha Alicia Rocha Presno / Redacción Xook

 

Los mexicanos tiene una relación muy peculiar con la muerte. La muerte es motivo de celebración, se le dedican rituales y celebraciones, la muerte no es algo temido sino que es parte de la vida misma.

 

En el México prehispánico la muerte no tiene connotaciones morales, no hay cielo para los buenos  ni infierno para los malvados. Se creía que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido y no por su comportamiento en la vida.

 

Los destinos de los muertos eran: El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirígan aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua, como los ahogados. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Los cuerpos destinados a Tláloc eran enterrados, al igual que se entierran las semillas, para después germinar.

 

 

La gran batalla de parir

El Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el Omeyocan era un privilegio.

 

Mictlán, la región de los muertos

 El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas.

 

Morir en la guerra era considerada la mejor de las muertes, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.

 

El Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacachuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir. El camino para llegar al Mictlán era tortuoso y difícil. Muchas veces el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar el río para  llegar ante Mictlantecuhtli.

 

 

 

Los niños tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.

 

Datos como estos que nos da a conocer CONACULTA, son los que alimentan la memoria cultural y social de México, por eso los mexicanos conviven con la muerte, por eso la celebran, se ríen con ella. La muerte es un personaje con características y pasiones humanas, la muerte se maquilla y la muerte se viste. Se pueden así, generar manifestaciones estéticas alrededor de ella.

 

La Exposición "La muerte  y tradiciones", fotografía a la muerte en diversas etapas de la vida, en niños, en mujeres, en novios que acaban de casarse. Utiliza modelos maquillados de la muerte, vestidos con ropas tradicionales en diversas situaciones y locaciones logrando impactar al espectador con un resultado confrontante.

 

Exposición itinerante

La muerte vestida de color, la muerte en una boda, la foto de una madre, de una hija, de un niño que se ríe de la muerte disfrazado de muerte... Intenta tal vez ver a la muerte vestida de México.

 

Sol Peña, curadora de la exposición " La muerte y sus tradiciones " nos cuenta como nació y evolucionó este proyecto:

 

 

"En ocasiones los momentos más importantes de tu vida inician con un sueño…"

Este sueño comenzó siendo una exposición de ofrendas, catrinas, bailes y fotografías que desde el 2005 se montaba año con año, pero en el 2014 la maquillista Aimeé Aranda, junto con Sol Peña, fotógrafa y coordinadora cultural, reunieron en una primera etapa a fotógrafos, modelos y otros maquillistas para realizar dos sesiones fotográficas, incluyendo catrinas infantiles con vestimenta mexicana y una sesión más de novios en lugares relevantes de Cuernavaca. El resultado de estas sesiones fue lograr tener como padrino al pintor internacional, el maestro Jorge Cazares Campos.

 

La presentación estuvo publicitada en varios medios locales, la exposición evoluciona y se presenta nuevamente en Playa del Carmen, pero ya para este momento sólo siete fotógrafos   seguían embarcados en la aventura.

 

Con el apoyo de Fundación Noval, la exposición viaja a Madrid, España para ser expuesta. En estos momentos la exposición se encuentra confiada a la ONG Descubre Latinoamérica para darle difusión a la exposición y que ésta pueda exponerse en más locaciones en España.

 

 

Por otro lado, el proyecto sigue su camino ya que entre los meses de octubre y noviembre la exposición pretende presentarse simultáneamente en diferentes sitios, entre los confirmados esta Berlín, Cuernavaca, Veracruz. Por confirmar se encuentran Ciudad de México y Madrid, España.

 

 

Fotógrafos participantes:

 

  • Andrea Alca
  • Enrique Torres Agaton
  • Irma Leticia Costa Rica
  • Maya Ocampo
  • Jenifer González
  • José Ugarte

 

Maquillista:

  • Aimeé Aranda

 

Curadora:

  • Sol Peña

 

 

Cultura

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Arte

Habitar la Línea es un espacio de encuentro, intercambio y participación, un proyecto de arte colaborativo. Trabaja en la frontera de muchos lugares; taller creativo, aula de artes plásticas, galería de arte emergente y todo aquello que mediante el uso de la práctica artística, propongan nuestros habitantes.

 

Son varias las necesidades del proyecto:

  • Compartir experiencias y conocimiento.
  • Visibilizar las estrategias, técnicas y medios que los artistas usan en la creación y producción de proyectos artísticos actuales.
  • Utilizar el arte como vehículo para mejorar nuestra implicación en la responsabilidad que tenemos como habitantes.

    Website - Galería Habitar la Línea

Nuestra segunda edición de Xook Magazine, reúne artistas emergentes de México y Nicaragua; nos haremos habitantes de un proyecto de arte colaborativo, Habitar la Línea; pondremos cara a la muerte y sus tradiciones en México.
En esta edición charlamos con el actor mexicano Carlos Rivera; descubrimos lo más inesperado de la ciudad ecuatoriana de Guayaquil y seguimos la pista en Vizcaya de los orígenes del Libertador Simón Bolívar.

Tras las huellas del Libertador

Un viaje a los orígenes vascos de Simón Bolívar

El pueblo de Bolíbar, en Vizcaya, acoge la casa-museo del libertador y una estatua


El verde en todos sus tonos recibe al visitante a su paso por Bolíbar, un pequeño municipio amable que se sitúa en el medio de ese paraíso que es Euskadi. Este pequeño pueblo de la provincia de Vizcaya guarda un secreto a voces: es la aldea donde nacieron los antepasados de Simón Bolívar, varios siglos antes de viajar a América.

Sus cerca de 400 habitantes viven con orgullo el nombre del conocido como “Libertador” de América. En cada rincón, en cada lugar del pueblo, se encuentran muestras y sellos de identidad de lo que hace poco más de 400 años fue la residencia de los Bolíbar.

Pero, ¿cuál es el enlace de este rincón agradable de Euskadi con América? Cuentan los libros que el primero de los Bolíbar en arribar a Venezuela fue Simón ‘el Viejo’ quien, junto con su hijo, Simón, ‘el Mozo’ llegó a Caracas, treinta años después de la fundación de la ciudad. La familia había decidido embarcarse en busca de la aventura y de fortuna. Poco podía saber el hijo del caserío Errementarikua (el del Herrero en lengua vasca), que su estirpe había de extender el nombre de ‘Bolíbar’ por toda América y que uno de sus descendientes pasará a los libros de historia.

Una vez establecido en Caracas Simón, ‘el Viejo’ pasó a escribir su nombre con ‘v’, dando origen a la saga de los ‘bolívares americanos’.

Simón Bolívar comenzó a trabajar como amanuense de los Tribunales de la Real Audiencia y, con el paso de los años, llegó a ser procurador de la provincia. Años después. Simón Bolívar (el mozo) siguió los exitosos pasos de su padre en amasar fortuna y prestigio, siendo una figura importante en la sociedad oligarca, cuando celebró su matrimonio con Beatriz Díaz Moreno de Rojas. De esta unión nacerían Antonio y Luisa. Con Antonio se inicia la tercera generación de los Bolívar en América y quien procura la permanencia del apellido con el nacimiento de nueve hijos.  De todos ellos será Luis Bolívar y Rebolledo, quien continúe con la exitosa estirpe de los “Bolívar”. Luis Bolívar se casó con Doña Ana María Martínez de Villegas y Ladrón de Guevara hija de Don Juan de Villegas, de cuya unión nacerá Juan de Bolívar y Martínez de Villegas.

 

De vuelta a ‘Casa’

Pero si ‘El Libertador’ volviese ahora a ese lugar donde se curtió el apellido de sus antepasados, descubriría, quizás son pesadumbre, la poca presencia de compatriotas, solo seis para una población total de 408 personas. Lo que sí descubriría con orgullo es un monolito que el gobierno venezolano mandó erigir en su honor en 1927. Soñando con un retorno quizás también podría jugar una partida en el frontón municipal que el gobierno de Caracas financió. Y tras la partida sería visita obligatoria a la  imagen de Nuestra Señora de Coromoto en la majestuosa iglesia que preside la plaza principal del pueblo.

 

Juan de Bolívar y Martínez de Villegas ocupó importantes cargos públicos ya que fue dos veces gobernador de Venezuela y dos veces alcalde de Caracas, entre otros cargos. Su hijo, Juan Vicente de Bolívar y Ponte se casó en 1733 con María Concepción Palacios y Blanco y de esta unión ya nació en Caracas Simón Bolívar, el que más tarde sería conocido como ‘El Libertador’. Antes de cumplir con su carrera de militar y político, un Simón Bolívar postadolescente visitó las tierras de sus antepasados donde pudo conocer mejor quién era y de dónde le venía la estirpe y el apellido.

 

Pero, sin duda, lo que haría Simón Bolívar, sería descansar en su museo. Inaugurado en 1983, ocupa un caserío conocido como Palacio Bolívar que se cree pudo haber albergado la casa de la familia Errementarikua. Allí conocería cómo era el pueblo en la Edad Media y cómo se fundó al abrigo de un río que oxigena cada una de sus calles. Quizás, y solo quizás, esa imaginaria cita con su pasado acabaría con una conversación con algún vecino sobre fútbol o acabaría con su sueño de una libertad para toda América...

 

En Monasterio de Ziortza (Cenarruza) está a pocos kilómetros de Bolíbar y debe ser de visita obligada tras pasar el día esta ciudad.

El Museo Simón Bolívar fue inaugurado en 1983  y está dedicado a la figura del prócer latinoamericano y a la historia de la Vizcaya medieval

Poco podía conocer el hijo del caserío Errementarikua (el del herrero) que su estirpe había de extender el nombre de Bolíbar por toda América

La fotografía me permitió cosas que ni había soñado: abrirme a la gente, romper con mi timidez, conocer sitios...

Esta ciudad será todo lo gris que quieras, pero no, el guayaquileño no se deja.

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Diseño y Maquetación:

Moncho Dávila, Ángel Poblete

Coordinación Editorial:

Yolanda Marín

Redacción: Verónica Vicente

Gestión Cultural: Martha Rocha

 

Colaboraciones Edición 2015:

Alfredo Esparza

Igor Cámara

Galería Habitar la línea

Sol Peña

María Fernanda Ampuero

Ricardo Bohórquez

Toni Martínez

 

 

Nuestra subversión es el color, el caos, la pintura. La gente y sus cosas, la comida, la bebida, los equipos de fútbol, las plantas, los neones…

Gua: grande; Ya: casa; Quil: nuestra. Guayaquil

 

Verónica Vicente / Redacción Xook

De entre 10.000 solicitudes para interpretar al famoso Rey León en la mayor producción musical en castellano de la historia, el mexicano Carlos Rivera fue el elegido para dar vida a Simba. Así, y tras varios años llenando uno de los principales teatros de la Gran Vía madrileña con su melódico rugido, el actor natural de Huamantla vuelve a su tierra para convertir las tablas del Telcel de Ciudad de México en la gran sabana africana.

 

¿Cuándo te subiste a un escenario por primera vez?

Empecé a cantar desde niño pero fue a partir de los 15 años cuando me subí a un escenario por primera vez para un concurso de la escuela, y gané. También fui locutor de radio en mi tierra, hasta que llegué a La Academia, un certamen televisivo de nuevos talentos que gané en 2004. Aquella fue mi verdadera plataforma para seguir trabajando y tener oportunidades como esta de ahora.

 

Fuiste el actor más joven del mundo en interpretar el rol masculino de la primera gran producción de Disney en México, La bella y la bestia, ¿cómo lo viviste?

Yo era la bestia, tenía sólo 22 años. Si interpretar a Simba era mi primer sueño sobre un escenario, trabajar en La bella y la bestia era el segundo (risas). Fue un gran reto profesional y personal para mí.

Paralelamente, tú tienes además una carrera musical (dos discos de oro en México), ¿eres primero actor o cantante?

Soy más cantante porque así empezó mi base artística, pero el actor siempre ha estado en mí. Soy un amante de los escenarios, independientemente de lo que tenga que hacer, si cantar, bailar o actuar.

 

¿Qué significa ser Simba?

Un orgullo tremendo, un sueño cumplido y una experiencia maravillosa. Vi la película en el cine a los ocho años... la banda sonora fue el primer disco que compré en mi vida con mi propio dinero y lo hice en versión karaoke, ¡para poder cantar las canciones!

¿Qué comparten Simba y Carlos Rivera?

Muchísimo (risas). Siempre he sido muy inquieto y he tenido pasión por buscar, por ir más allá y encontrar mi lugar en el Ciclo de la vida, como Simba. Yo también tuve que dejar mi tierra para encontrarme fuera y regresar a casa luego con todo lo aprendido.

 

En su decimoctavo año, ‘El Rey León’ se mantiene en ascenso como el espectáculo de Broadway que más dinero ha recaudado en la historia. Desde su estreno en Broadway el 13 de noviembre de 1997, 22 producciones globales han sido vistas por más de 75 millones de personas y, acumulando en presentaciones, la asombrosa cifra de 112 años consecutivos.

 

Considerado uno de los títulos más exitosos en la historia del entretenimiento, con una ganancia acumulada de más de 5 mil millones de dólares,la producción teatral de EL REY LEÓN ha tenido  mayor recaudación  que algunas de las películas más grandes y exitosas en la historia del cine.

 

La gran producción musical se podrá ver en México desde el 7 de mayo de 2015 en el teatro Telcel del DF.

 

Más información sobre precios y boletos.

Toni Martinez / Redacción Xook

Alfredo Esparza

Igor Corrales

Mi arte lo defino como

la gran expresión de mi libertad.

Es aquí, donde yo  abarco a lo grande,

mi mundo interior

que no tiene medida,

ni norma,

ni espacio,

no tiene ley,

 

Y es lo que voy definiendo en cada obra que realizo..

y separadas cada una en el orden de colecciones.

Los temas son variados.

son libres las técnicas y expresiones,

donde pueda demostrar mi mundo amplio de una sola persona,

o un mundo de muchas personas que  viven en mi.,

esa es la esencia que quiero demostrar

de mi mundo cosmopolita.

reflejado en mis obras de arte

Con tu permiso pretende explorar los límites de confianza y vulnerabilidad entre sujetos que no se conocen entre sí; para ello, contacté al azar a extraños por medio de mensajes privados en Facebook, en los cuales les pedía que posen dormidos y en sus hogares durante toda una noche para mí. Dicha página se actualizaba regularmente con algunas de las fotografías de las sesiones que iba haciendo, esto con el fin de que los posibles colaboradores se sintieran más confiados en participar..  Enlace en Facebook

Habitar la Línea

Guayaquil

Inesperado

María Fernanda Ampuero

Fotos: Ricardo Bohórquez

La pregunta ¿Ya lo viste a Richi? se repite en diferentes escenarios, intocables unos con otros, como patas de un animal de cemento: el Barrio del Astillero y Samborondón, el tugurio más fiero de la calle Rumichaca y la galería de arte más in de la ciudad –la de Pily Estrada; Ochipinti, un hueco para comer cangrejos; cuando dejan comer cangrejos, y El Manantial, en plena Av. Víctor Emilio Estrada, donde otra vez sirven Pilsener en domingo.

-¿Ya lo viste a Richi? Richi es Ricardo Bohórquez (Guayaquil,1967)

 

Ricardo es un arquitecto reconvertido en fotógrafo o un fotógrafo que decidió estudiar arquitectura. ¿Cuál de los dos? ni él lo sabe. A la pregunta de qué le gusta más, si ser fotógrafo o ser arquitecto, se queda un rato quieto. Es un quieto rarísimo en el que casi se lo escucha pensar como si en su cabeza hubiera una máquina de coser Singer de las que hace timepo usaban las abuelas.

A Ricardo, Richi, el negro, Rich, no le van las cosas rápidas, las entrevistas de cinco minutos o diez, las charlas cronometradas. Le gustan los vericuetos, el caos, las tardes que no se sabe dónde terminarán, el viaje sin itinerario, la sorpresa cotidiana, el buen error, la coincidencia, amanecer bailando salsa. O sea, esta ciudad.

 

Fuma y mira por su balcón desde el que se ve su postal favorita de Guayaquil: trozos del Museo Nahim Isaías, la Gobernación, el Municipio, lo que era el Hotel Crillón, un atisbo del Río Guayas y el Edificio Valra. El centro, su dirección y su amor hace ya muchos años.

 

 

- Cuál era la pregunta... ¿arquitectura o fotografía?

 

“La arquitectura y la fotografía me gustan mucho, pero me gustan distinto. En 2000 deseché la arquitectura. Con la crisis, ser arquitecto independiente era muy pesado, no te pagan los proyectos, hay muchas aristas, complicaciones. La fotografía me permitió cosas que ni había soñado: abrirme a la gente, romper con mi timidez, conocer sitios, ¡que me paguen por viajar! ¡Imagínate!” Si hubiera alguien en las oficinas de en frente escucharían la gloriosa carcajada de Ricardo, banda sonora de cientos de momentos en esta ciudad. Pero es sábado. Estamos solos.

¿Y tú me lo preguntas? Guayaquil eres tú

Bajo un cielo de agosto, esos que los guayaquileños conocemos tan bien, de los que hablaba el poeta, capaces de entristecer al mundo; la conversación gira con una lógica romántica en torno a los grises. Guayaquil como escenario es gris, y Ricardo saca de su archivo fotos de edificios, calles, reflejos en el río: plomo, lápiz, carbón, ceniza, arena negra. Pero, de repente, el color.

 

“Porque esta ciudad será todo lo gris que quieras, pero no, el guayaquileño no se deja. Su subversión es el color, el caos, la pintura. La gente y sus cosas, la comida, la bebida, los taxis, las busetas, la publicidad, los equipos de fútbol, las plantas, los neones. Todo es estridente, imposible, desmesurado, colorinche, carnavalesco: Guayaquil. Peluche, brillo, plástico, purpurina, grafiti. Contra el gris, la vida: Guayaquil.”

 

Fotografiando todo eso hay un hombre que parece un extranjero. Ricardo es más guayaquileño que el arroz con menestra, carne y patacones; pero parece extranjero hasta en su propio país. Lo parecería en cualquier parte del mundo. Lleva sombrero de paja bicolor, camiseta negra, un bolsito tejido, una Nikon X20, pantalones anchos, zapatos Converse pero chinos, y lentes cuadrados de pasta negra.

 

Ya tiene canas, pero, como muchas otras cosas en la vida, no le importa verse mayor o menor, inadecuado o adecuado, o de ninguna manera en la que se lo quiera etiquetar. Ricardo Bohórquez es inetiquetable. Usa pulseras que seguro tendrán un significado: amigas, amigos, recuerdos de reportajes en el Oriente, en Cuenca. Usa un collarcito con una concha. Lleva los sitios consigo.

 

 

Este es él: deja tras su largo abrazo de saludo un perfume especial -¿sándalo?, ¿pachulí?, ¿vainilla?-. Ofrece fruta bañada en una granola hecha por él mismo. Lamenta no tener cerveza. Sonríe ante al halago a la hamaca de su departamento. No se vanagloria de ninguno de sus múltiples triunfos ni de su evidente talento, ni de los libros que ha publicado. Cuando sonríe parece un chino muy moreno, parece más joven. Va a tener un hijo en pocos días. Tiene miedo a las cosas que no ha hecho nunca antes, y nunca antes ha tenido un hijo. Tiene miedo y también ternura. Todavía no sabe cómo se llamará su pequeño, pero no será Ricardo.

 

Cronista de lo que a nadie le importa

Siendo extranjero en todo el mundo, Ricardo Bohórquez es, al mismo tiempo, compatriota de todos. Sólo así se explican esas fotos que parecen fotogramas de películas, escenas robadas a la vida sin que la vida se dé cuenta que hay un ladrón por ahí.

 

Tal vez sería justo decir que Ricardo se mimetiza con la ciudad, pero nos quedaríamos cortos. Si quisiéramos hacer poesía diríamos que la ciudad se ha mimetizado con él, que parece estar en todos lados en donde late el verdadero corazón de Guayaquil (ninguno, por supuesto, está en las guías de turismo): la salsoteca Cabo Rojeño o la Carlos Alfredo; Yulán, donde se come el mejor caldo de salchicha del mundo; los mercados con su marisco vivo; Barricaña y los artistas, y los que quieren ser artistas pero no lo serán, y los que lo fueron pero se les olvidó.

Ricardo ve la belleza ahí. Y también allá. Y, quién lo diría, también más allá, donde nosotros no la vemos, donde no pensaríamos en llevar al amigo turista: “esto somos”, parece decir Ricardo en sus fotos, “esto eres, esto soy, y es mejor que lo abracemos en lugar de esconderlo o despreciarlo”.

 

El Guayaquil que yo vivo

Sobre la mesa descansa su magnífico libro Guayaquil, de la colección Retratos del Ecuador, publicado por el Consejo Nacional de Cultura (CNC), y cuyas fotos acompañan este reportaje. Es un tesoro de documentación, de obra artística y de rescate de la arquitectura guayaquileña.

 

El de Ricardo es el Guayaquil inesperado, inimaginable, único y, al mismo tiempo, absolutamente reconocible, hogareño, calle de nuestra calle.

 

 

Ricardo sostiene el cigarrillo en la boca y abre el libro. Cuenta la historia de cada una de las fotos y te envuelve en la fascinación del momento irrepetible del click.

 

“Este libro es mi mirada de Guayaquil, es el Guayaquil que yo vivo, que vive en mí, es mi homenaje también a mi ciudad. Aquí no hay gente guapa, producción y escenarios perfectos. Aquí hay gente real”, va abriendo las páginas. “Por ejemplo, esta es la casa de Ricardo Florsheim (pintor alemán fallecido en 1998), aquí se ve el contraste, El Malecón del Salado, la vida en el norte, la Ciudadela Bolivariana que es donde yo crecí, el Centenario que es un barrio que me gusta, ¡mira este verde!, el color de la Bahía, los tonos azulados, el sol. No me interesaba la visión de lo que debes ver en Guayaquil, yo quería mostrar lo otro: las culatas de los edificios, el abandono, los parqueaderos, la soledad, los espacios olvidados, la historia que no se sabe”.

Las anécdotas se van atropellando una tras otra como si él fuera un extraño Sherezade que cuenta las mil y una noches de este loco puerto con su cámara de fotos. “El Gran Cacao es el bar donde todos sabían tu nombre, la Sociedad de Beneficencia China, el Castillo de Alavedra, perteneciente al famoso Lord Caca y la deliciosa historia de haber amasado una fortuna recogiendo los excrementos del Guayaquil pre alcantarillado, el bar Montreal, la Nueve de Octubre, el Cementerio, el Río, siempre y mil veces, el Río.” Ricardo está ahí. Él lo sabe y nosotros lo sabemos.

 

Ricardo es el gran cronista del Guayaquil del siglo XXI, ese que como un gigante recién despertado se quiere sacudir el contraste, la supuesta fealdad, la arquitectura provisional que se hace definitiva, la invasión, la parte trasera, el óxido, el gris y mostrar la postal que tanto ha costado edificar, pero que tanto se parece a otras postales que se compran en Panamá

o en Miami.

 

Pero ese gigante, nuestro gigante, por mucho que se sacuda y meta bajo colosales alfombras lo que supuestamente no es atractivo, no podrá dejar de ser lo que es hace ya tantos años: nuestra loca y maravillosa casa. Esa es su grandeza, esa es nuestra grandeza. Ricardo lo sabe y por eso la fotografía.

Publicado en la edición 51 de la revista Clave

Descubrimiento

Carlos Rivera
El rugido del Rey León mexicano llega al DF

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